Digamos que hemos ido tan lejos
que hemos perdido de vista el camino;
encierra esto (por tanto) uno nuevo,
que
aún no hemos transitado.
Hay una conversación en el túnel de
tu garganta
que tiembla y estrecha el eco.
Lo hace cáscara.
Ya había escuchado a cientos, a miles
en este ocaso;
algunos tenían ese hierro
otros este cristal,
pero absolutamente nadie
un permanente sentido de naufragio en el
ascenso de la voz.
Nadie excepto este ser Excepto.
Una honda pisada en el charco
que se olvida de ser lago, océano, mar.
No le interesa escurrirse en grandes conceptos
verse a través de la mayúscula
bordear la verdad porosa,
pacificar la siembra,
lubricar los primeros planos,
ocupar la transparencia,
entretanto
mirarlo todo con la lengua caliente
evaporar su nombre.
Había ya escuchado cientos, miles;
he acabado en este verde que huele a corteza sagrada,
donde todos los actos, sentires, pensamientos
se tejen hacia el universo,
como un idioma que vibra,
que reverbera en espiral hacia el infinito.
Había escuchado tantos sonidos
los crujidos/ los neones/ los grillos siendo
tragados por el espejo nocturno.
Había trabajado con la pulpa del diálogo,
repartido néctar;
había creído entender hasta este Excepto:
que nada pretende
y pide permiso para contraer el ala
y aterrizar en tu sombra.
(Ese hilo que sale del borde de la camisa
y que permite tirar de él descubriendo que era
toda la costura).
Una piedrita que ha moldeado
sus bordes
un punto lejano para los depredadores
que ignoran lo majestuoso de
su presencia.
Hay un espíritu en esta respiración
que amamanta con sutileza;
si abriese las manos
habría un seísmo.
¿Aún existe alguien así?
No dejo de preguntarme si los animales
habrán aullado alguna vez
gracias
a su silencio.
Quizá haya una señal más clara
que pueda devolverme la certeza
que he perdido
en el acto de escuchar.
Había (...) cientos, miles.
Pero es únicamente este Excepto.
Entretanto
muda de piel y regala
un traje al que está desnudx.
Regresa una y otra vez
al charco.
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